4 ene. 2010

La tierra de los cuentos

Los cuentos del mundo, al igual que ocurre con las lenguas, no se enfrentan entre ellos, se respetan y colaboran. Así pasa en este cuento serbio, Pepelyouga, que recuerda en muchos momentos a Cenicienta. Pero, a pesar de sus evidentes semejanzas, no se puede decir que haya una lengua original para todos los cuentos populares. No son de ninguna tierra en particular. Son historias del único mundo que existe en este planeta llamado Tierra…

Había una vez una hermosa muchacha cuya madre cayó enferma.

-Cuando haya muerto, hija mía, seguiré cuidándote -dijo la madre-. Si alguna vez necesitas algo, acude a mi tumba y te ayudaré.

Cuando la madre murió, el padre se casó con una viuda que también tenía una hija, pero ambas eran crueles. Obligaban a la muchacha a hacer todo el trabajo de la casa y la llamaban Pepelyouga, que significa «cenizas».

Un día, mientras se preparaban para ir a la iglesia, la madrastra dijo:

-Pepelyouga, tú no puedes venir. Recoge todo este grano antes de que volvamos, y esparció una cesta de grano por el patio.

Pepelyouga, desesperada, recordó las palabras de su madre. Corrió hasta la tumba y se sorprendió al ver sobre la piedra un baúl abierto con tres vestidos en su interior.

-Ponte uno de los vestidos y ve a la iglesia -gorjearon las palomas, que habían encima del baúl. Nosotras recogeremos el grano.

Pepelyouga se puso un bonito vestido de seda y se marchó. Todos se maravillaron al ver a una jovencita tan hermosa, en especial un noble que se enamoró de ella nada más verla.

A la semana volvió a suceder lo mismo, pero Pepelyouga fue a la iglesia con un precioso vestido plateado. Cuando, la semana siguiente, Pepelyouga apareció con un maravilloso vestido dorado, el noble no pudo resistirse y la siguió. La joven huyó y dejó atrás una zapatilla dorada.

El noble tomó la zapatilla y buscó a su propietaria. Cuando llegó a la casa de Pepelyouga, la madrastra ocultó a la muchacha..

-¿No tienes más hijas? -preguntó el noble tras comprobar que la hermanastra no había conseguido ponerse el delicado zapato.

-¡No! -fue la respuesta, pero un gallo apostado en el tejado gritó:

-¡Quiquiriquí! ¡Sí, hay otra aquí!

Cuando el noble encontró a Pepelyouga, sintió una inmensa alegría. Se casaron y vivieron felices para siempre.

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